miércoles, 25 de abril de 2018

LITURGIA Y AGRICULTURA


LA AGRICULTURA EN LA LITURGIA


I. Misterio

Dedicamos el blog de hoy al mundo de la agricultura y del campesinado. La agricultura es la actividad humana más antigua que existe y la que de mejor manera expresa el mandato divino de dominar la tierra y, por otra parte, a menudo, donde más se experimenta la maldición divina de trabajar la tierra con el sudor de la frente, dado el carácter provisorio e imprevisto de la misma.

La Sagrada Escritura, confeccionada en un mundo eminentemente agrícola, abunda en ejemplos rurales y pastoriles para expresar, a través de ejemplos, alegorías o parábolas, la relación de Dios con su pueblo, Israel. Pensemos, por ejemplo, en el poema de la viña del libro de Isaias 5, 1-7, donde describe con la imagen de una viña a Israel, quien, por su infidelidad, se ha visto asaltada por alimañas y enemigos que la han saqueado y destruido.

            Si hay un documento magisterial puntero donde por vez primera se aborda el tema de la agricultura no puede ser otro que la encíclica Mater et Magistra del papa san Juan XXIII. Los números de este documento dedicado al mundo rural, aunque hoy en muchas cosas superados, no pasan nunca de moda ya que se denuncia, con realismo craso los grandes problemas que aquejaban, entonces, al sector primario, al que denomina “sector deprimido” «tanto por lo que toca al índice de productividad del trabajo como por lo que respecta al nivel de vida de las poblaciones rurales» (124).

            Ayer, como hoy, advierte el Papa (131) es muy necesaria una política económica acerca de la agricultura que atienda a temas tan importantes como la imposición fiscal, el crédito, seguros sociales, precios, etc. Pero éstas no deben a hacerse prescindiendo del concurso y el protagonismo de los agricultores ya que «trabajan, en efecto, en el templo majestuoso de la Creación, y realizan su labor, generalmente, entre árboles y animales, cuya vida, inagotable en su capacidad expresiva e inflexible en sus leyes, es rica en recuerdos del Dios creador y providente» (144). En este sentido, se recuerda la nobleza y dignidad del agricultor quien «debe concebir  su trabajo como un mandato de Dios y una misión excelsa» (149). El documento invita a los agricultores al movimiento asociado y cooperativista (146).

Por otra parte, la celebración del misterio cristiano, esto es, la liturgia, también se nutre de la agricultura puesto que el fruto de la tierra y de la vid y el trabajo de los hombres y las mujeres hacen posible que sobre el altar de la Iglesia podamos presentar pan, vino y agua para confeccionar el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Del cultivo del olivo y su fruto, la Iglesia se vale para preparar sus aceites y bálsamos que fortalecen, sanan y consagran. Vemos, pues, como hasta la liturgia necesita del sector primario de la sociedad.

II. Celebración

Unimos aquí los formularios tanto de la misa en tiempo de siembra como su corolario, la misa en tiempos de cosecha. Aun así analizaremos sus respectivas eucologías por separado.

Estos dos formularios deben ser usados siguiendo las normas dispuestas para tal efecto. Son de nueva creación puesto que no  se encuentran en los sacramentarios romanos tradicionales. Puede ser completado con el prefacio V dominical del tiempo ordinario o bien con la plegaria tercera para las misas por diversas necesidades.


A. Misa en tiempo de siembra

Ha sido compuesto teniendo como texto de referencia el de 1 Cor 3, 7: «de modo que, ni el que planta es nada, ni tampoco el que riega; sino Dios, que hace crecer». Es un formulario que sostiene una tesis: al trabajo humano Dios coopera con su providencia. Veamos:

El formulario primero nos ofrece las tres oraciones principales de la misa: la oración colecta siguiendo la lógica expuesta por san Pablo, pide la intervención divina sobre lo que es trabajo humano. La oración sobre las ofrendas apela a la providencia divina y reconoce a Dios como autor de todo bien material (frutos materiales) y espiritual (frutos del espíritu). La oración de después de la comunión está inspirada en el texto de Hch 17, 28, para mostrar como en su providencia el bendice las semillas sembradas para poder tener una abundante cosecha.

El formulario segundo también nos ofrece las tres oraciones esenciales para la misa: la oración colecta, inspirada en el salmo 66, implora la bendición divina sobre la tierra labrada para tener aún más motivos para la alabanza. La oración sobre las ofrendas establece una relación entre las semillas sembradas por el hombre y los dones presentados para la confección del santo sacrificio del altar, granos de pan, antes dispersos por los campos y ahora unidos en una blanca Hostia. Oración para después de la comunión donde el aprovechamiento de los frutos de la tierra se convierte en la base para alcanzar los bienes eternos.

Los textos bíblicos asignados a estos formularios son: para la antífona de entrada el sal 89, 17 donde el salmista pide la intervención divina para que la cooperación sinérgica del hombre y Dios pueda hacer fructífero y próspero la siembra y labranza de la tierra. Para la antífona de comunión el sal 84, 13, como el anterior, otro salmo agrícola usado por el pueblo de Israel para impetrar el favor divino en la actividad habitual de los israelitas, el trabajo en el campo.

B. Misa para después de la cosecha

Este formulario ofrece dos oraciones colectas, una sobre las ofrendas y otra para después de la comunión. La colecta primera recoge la idea de la oración de pos-comunión del formulario anterior, esto es, los frutos de la tierra como base para lograr, por la providencia divina, los bienes eternos. La segunda colecta, aun cuando literalmente es distinta, el contenido es el mismo que la anterior: la providencia divina hará que los frutos cosechados sean la base para que nuestro corazón goce de bienes espirituales como la justicia y la caridad, precisamente las virtudes que más estrecha relación tienen con el trabajo humano. La oración sobre las ofrendas es de carácter epicléptico al pedir la gracia divina sobre los dones presentados en el altar que no son otra cosa sino fruto de la tierra y del trabajo del hombre. La oración para después de la comunión es de acción de gracias por los frutos cosechados y de petición para alcanzar frutos de vida eterna.

Para la antífona de entrada se ha elegido el sal 66, 7 que ya el pueblo hebreo usaba para la fiesta tras el fin de la cosecha. Para la antífona de comunión, el sal 103, 13-15 que al establecer una gran alabanza a Dios creador, le da gracias por ser el que hace posible el pan y el vino que sustentan la vida y la alegría del hombre.

III. Vida

Analizados, pues, estos formularios veamos que líneas teológicas nos ofrecen para vivir este aspecto de la vida humana de forma más cristiana posible:


1. Dios autor y providente: como obra de Dios que es la naturaleza, y por la estrecha dependencia de la actividad agrícola con ella, el formulario litúrgico propone, primeramente, a nuestra consideración reconocer que no es el que planta ni el que riega sino el que hace germinar la semilla, esto es, la fuerza providencial de Dios es el motivo por el que nuestros campos son fecundos. Desde siempre el agricultor ha tenido un espíritu piadoso y confiado en el Dios que le posibilita sacar el pan de los campos y hace que la lluvia se oportuna o que la langosta o los parásitos no devoraran la cosecha. Todas las rogativas y mondas tenían por objeto este fin y respondían a la simbiosis entre agricultor y naturaleza. Así pues, querido lector, el trabajo en el campo despierta en nosotros nuestra sensibilidad y dependencia de la voluntad divina al saber que Dios cuida, sostiene y provee nuestros campos y ciudades, uniendo su acción amorosa y providente a nuestro trabajo y labranza.

2. Valor teológico de la agricultura: establecido anteriormente el principio de que el hombre con su trabajo se convierte en cooperador con la obra creadora de Dios y en artífice del progreso y perfeccionamiento de ésta, es lógico ver en la agricultura una forma muy directa de concreción de este principio por ello, podemos decir que la agricultura tiene un valor teológico. El cultivo de la tierra es un lugar de encuentro con Dios ya que en ella Dios y el hombre, hombro con hombro, hacen sacar del suelo vital los frutos y potencialidades que éste contiene.

3. La acción de gracias: cuando al final de la siembra y del cuidado de la misma, el agricultor recoge la cosecha y puede disfrutar de los beneficios de la misma, lo primero que viene a su mente y a su corazón es la acción de gracias a Dios que ha vuelto a mostrar su amor providente. La acción de gracias, se convierte en la plegaria que corona toda labor agrícola y para ello la piedad popular fue creando fiestas de final de cosecha como v. gr. las Témporas u otras, para manifestar esta actitud hacia Dios.

Por consiguiente, quisiera dirigirme a los hombres y mujeres que trabajan en el campo y que con su servicio primario son el motor de la vida y la economía de las sociedades. Bienaventurados vosotros, hombres y mujeres del campo, porque colaboráis con el progreso de la tierra y de la creación. Bienaventurados vosotros, hombres y mujeres, que gozáis más directamente de la providencia de Dios en vuestra vida cotidiana. Ojalá que las condiciones de vuestro trabajo, humilde y callado, vayan mejorando para que gocéis, completamente, de vuestros bienes materiales y poder alcanzar, así, los del cielo.

Dios te bendiga


sábado, 21 de abril de 2018

LA LIBERTAD DE UN PASTOR


HOMILIA DEL IV DOMINGO DE PASCUA


Queridos hermanos en el Señor:

            Llegamos hoy al cuarto domingo de Pascua, o bien, como se le denomina popularmente “Domingo del buen Pastor”, porque es tradición leer en este día el capítulo décimo del evangelio según san Juan. Es normal en este día las grandes campañas de oración por las vocaciones, adquiriendo, por este motivo, un cariz vocacional o sacerdotal este día. Pero si atendemos bien a los textos que hoy se han proclamado nos daremos cuenta de que el pastoreo de Cristo va mucho más allá que la casilla del sacerdocio.

            Queridos hermanos, hemos oído al apóstol Pedro anunciarnos, sin tapujos, que “bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos” sino solo el de Jesucristo quien con su muerte y resurrección se ha convertido en la “piedra angular” de nuestra fe, del mundo, de la historia y, por tanto, de toda salvación. Por consiguiente, una vez más, comprobamos, como en Jesucristo se cumplen las antiguas profecías y los antiguos oráculos (judíos y paganos). Cristo, con su Pascua, se ha convertido en el alfa y omega, en el centro de la historia; el Señor y juez del mundo, el Eterno Viviente.

            Solo cuando reconocemos a Jesucristo como el único Salvador, podremos entender en qué consiste su verdadero pastoreo:

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas”: así se ha manifestado con su entrega y muerte en la cruz.

Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen”: como así lo experimentamos cuando tras resucitar María Magdalena lo reconoce al pronunciar su nombre. Esta aparición nos demuestra que el amor de Dios por el hombre es personal, singular, nominal.

Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor”: esto es así porque la Salvación de Jesucristo es universal. Cristo, en su gloria, se ha convertido en la luz de las naciones y su señorío alcanza a todos por eso todas las culturas y religiones pueden contener elementos de verdad que les encaminen hacia el reconocimiento de Cristo como único y verdadero Dios y Señor. En esto radica la misión de la Iglesia y el ímpetu de los multiseculares misioneros de la misma.


Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla”: Cristo nos enseña a cumplir la voluntad de Dios. Su entrega en la cruz responde a una obediencia al Padre por puro amor a nosotros, para cancelar la deuda de Adán y salvar al género humano del pecado, del mal y de la muerte. Solo cuando asumimos los designios de Dios con nosotros podemos agradar a Dios y cooperar con Él en la redención del mundo.

Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente”: hasta tal punto llegó el amor de Cristo por nosotros que entrega libremente su vida por nosotros. Eso es lo que le ha exaltado a la gloria haciéndole pastor universal, cuyo poder y reino se extiende a todos los pueblos de la tierra. Cristo cumple el principio pascual según el cual “nadie tiene más amor que el que da su vida por sus amigos”. Y sus amigos somos todos nosotros. Por nosotros y cada uno de nosotros, ovejas de su rebaño, ha entregado su vida el Buen Pastor, el Pastor hermoso y bello.

Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre”: el Eterno Viviente, aquel que ha conocido las entrañas de la muerte y ha vuelto para darnos esperanza y ganas de vivir. Para decirnos que no todo está perdido, que la muerte no tiene la última palabra y que todo es posible para quien pone su vida en manos de Dios y cifra toda su esperanza en Él.

Así pues, queridos hermanos, en este domingo, el Buen Pastor nos llama a dejarnos conducir por Él, a dejar que Él nos alimente con el pasto de su palabra y los sacramentos, especialmente, los de la Eucaristía y la reconciliación. No perdamos el tiempo desviándonos del camino trazado siguiendo atajos llenos de lobos y alimañas. No lo olvidemos nunca: solo tenemos un pastor, una fe, un bautismo, un Dios en el cielo que nos ha dado a su Hijo Jesucristo, en cuyo nombre solo podemos ser salvados. Así sea.

Dios te bendiga